Tinta Socialista No. 61. La violencia que se vive en la Ciudad de México expresa la sintomatología de la crisis política en el país

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28 de diciembre de 2018

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La Ciudad de México es el corazón político del país, en ella se consagran con mayor nitidez los aspectos que develan la existencia de la crisis política del régimen, la descomposición social a la que conducen las relaciones de producción capitalistas, la precariedad en la que se debaten millones de mexicanos para intentar asegurar su subsistencia y la deshumanización del hombre que conlleva a asumir actitudes antinaturales hacia seres de su misma especie.

Existen voces de políticos de oficio que intentan aislar a la capital del país del escenario de violencia que priva en todo el territorio nacional y de las consecuencias nefastas propias del régimen neoliberal, pretenden colocar a esta gran ciudad en una burbuja que la aleje de los aspectos inherentes a una forma de producir y gobernar en detrimento de las masas trabajadoras.

Los anteriores titulares de la jefatura de gobierno presentaron a esta gran urbe como la más segura y el único espacio donde la delincuencia no había “infiltrado” a sus estructuras gubernamentales. Aspecto muy difícil si se toma en consideración lo intrínseco de las relaciones sociales dominantes que contaminan todos los aspectos de la vida material y subjetiva de la vida de los hombres.

Los axiomas para definir la “seguridad” de una población son establecidos a través del número de efectivos policíacos en las calles, no obstante, estos aforismos parten de una premisa muy subjetivista y mecánica porque no atiende las bases objetivas que sostienen a este régimen inicuo, es decir, los índices de miseria y pobreza que son los verdaderos flagelos violentos que laceran a millones de mexicanos.

La zona conurbada fue convertida en una enorme estela de muerte, los diarios locales dan cuenta de la amplia cantidad de muertos que cotidianamente engrosan la larga lista de terror que azota a todo el territorio nacional. No es casual que estos alarmantes índices de violencia se presenten principalmente en las periferias y en espacios específicos de asentamiento de empresas fabriles, por lo que no queda duda que es la fuerza de trabajo activa la que es lacerada a través de la violencia que pretende ser encubierta en aparentes delitos comunes.

La conclusión de que en la CDMX no hay delincuencia organizada ni narcotráfico es una mentira de enormes dimensiones porque estos son fenómenos inherentes al desarrollo capitalista, es más, se manifiestan con mucha más crudeza en aquellas regiones con un mayor desarrollo, donde la densidad de población es mucho más amplia.

Para entender esta verdad es preciso eliminar toda idea subjetivista que las cadenas monopólicas han creado sobre la industria del narcotráfico, donde constantemente intentan vender la idea de la existencia de una pelea constante del gobierno contra grandes capos o de éstos por el control de “plazas y territorio”. Estos fenómenos son inherentes al régimen y funcionales a éste para asegurar mayores tasas de capital independientemente de su origen lícito o ilícito.

La CDMX es la más militarizada, sin embargo, la lista de crímenes es incuantificable, con lo cual la coloca en una posición como una de las más violentas. Es verdad que no se puede ver esta urbe sin considerar las demarcaciones aledañas que la conforman y determinan el área conurbada con municipios del Estado de México, donde los lazos delictivos no se detienen en las delimitaciones geográficas.

Las relaciones de producción no distinguen límites políticos y geográficos, millones de trabajadores son los que se entrelazan en esta maraña de ir y venir a sus centros de trabajo, aspectos que espolean la enajenación, la confrontación entre obreros, quienes son reducidos a simples mercancías y deben competir entre sí para poder figurar en la nómina de alguna empresa.

Esta es la esencia de la violencia, es el grado de enajenación a la que conduce el capitalismo que lleva a los seres humanos a verse como extraños, ello sumado a jugoso negocio ilícito, forman el perfecto caldo de cultivo para que el Estado mexicano intente diezmar la fuerza proletaria y no tome conciencia de su papel histórico para superar cualitativamente este estado de cosas.

La violencia que padece la Ciudad de México no es del fuero común, es violencia institucional que emana del Estado, es éste quien tiene la patente de ejercerla, por lo que los actos de los hombres son una extensión de ésta que impregna todos los aspectos de la vida social y política.

No es la intención eludir la responsabilidad personal de quien decide conducirse por los negocios ilícitos, el deseo es ampliar los horizontes en el análisis donde la descomposición del régimen conduce a un proceso de degradación gradual del ser humano, donde no importa contaminar la naturaleza, mucho menos al ser genérico con tal de asegurarse mayores tasas de plus valor.

Los incontables testimonios de familiares de personas que fueron privadas de la vida y cuyos cuerpos yacen en las banquetas, los supuestos “ajustes de cuentas” entre bandas de narcomenudistas son la expresión concreta de que la ciudad no está exenta de la violencia que priva en todo el país, en cada víctima existe una historia que de tajo es mutilada con la tesis de quien obra mal ese será su final.

Jornadas violentas donde se cuantifican cientos de muertos no son un fenómeno casual, es la expresión de lo exacerbado de las contradicciones inherentes al régimen, de la violencia de Estado que consume parte de la masa de trabajadores. Por ello es un eufemismo sostener que la ciudad de México se encuentra indemne ante un fenómeno de escala nacional.

El pasado abatimiento de un “grande capo” de la droga en la delegación Tláhuac desnudó la realidad que vive toda la ciudad, la existencia del narcotráfico como jugoso negocio en la gran urbe, no como un fenómeno aislado, sino como una constante que desde las autoridades gubernamentales tratan de ocultar con eufemismos y aforismos subjetivistas.

Existe un vínculo irrestricto entre los altos índices de violencia y la miseria galopante entre las masas trabajadoras, pero esta tesis socioeconómica nada tiene que ver con las buenas recomendaciones de encomiar a los hijos a conducirse por los senderos del “bien”. La miseria económica conduce a un proceso de deshumanización, al desclasamiento de sujeto que se convierten en seres antinatura.

Las contradicciones intrínsecas del régimen son las responsables de enfrentar al ser humano contra los de su misma especie, independientemente si son investidos con insignias policíacas o militares. La política de seguridad nacional tendrá nulos resultados si la base material que sostiene este régimen inicuo se mantiene intacta, si la miseria es la constante que golpea a millones de hogares proletarios.

Las estadísticas indican un incremento considerable en la cifras de violencia, fenómeno que no tiene nada de circunstancial, sino que expresan la profundidad de la crisis económica que no logra ser paliada. Sobre este clima delincuencial existe la pretensión institucional de omitir las violaciones los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad como la desaparición forzada y la ejecución extrajudicial.

El crimen cometido contra el fotoperiodista en la colonia Narvarte, el intento de ejecución de nuestros compañeros el 7 de noviembre, la desaparición forzada de Teodulfo Torres Soriano… son algunos de los casos que sobresalen de aquellos que el Estado mexicano pretende colocar en la misma tesitura de los crímenes comunes.

Las prisas de los representantes de Estado asegurar que en la ciudad no hay violaciones a los derechos humanos y que por tanto, es la más segura es una sentencia que no se sostiene en el criterio de verdad, por el contrario, expresa la rapidez con que todo se pretende encuadrar en la supuesta delincuencia común o el narcotráfico, en su modalidad de narcomenudeo.

La división y subdivisión de esta gran industria de la droga no exime a ningún eslabón de la producción y distribución de esta mercancía ilegal. En todo caso es parte de la maquinaria para su realización en el marcado, por lo que todos sus nexos se encuentran sincronizados para favorecer al monopolio de producción de estupefacientes.

La solución a una realidad que lacera a millones de citadinos no descansa en la creación de más cuerpos represivos. Es preciso atender las demandas más sentidas del pueblo, atajar la pobreza y miseria que son verdaderos flagelos violentos cuya cifra de víctimas es descomunal. La necesidad de una vida digna es una realidad que debe ser atendida en lo inmediato, todo lo demás redunda en actos de demagogia pura.

Frente Nacional de Lucha por el Socialismo
(FNLS)


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